El Paisaje de Tenerife y el Mar

Pajsaje de TenerifeNo puede hablarse del paisaje, de un paisaje de tenerife, sino de todo un mosaico increíble de paisajes. Las mismas razones que explican la variedad de microclimas, son la base de esta fantástica mezcla de perspectivas, de colores, de aromas, de panorámicas distintas que nos van sorprendiendo a cada paso, cuando recorremos la isla, produciéndonos la impresión de que, en breves kilómetros, hemos cambiado de país, de continente incluso.

Generalizando mucho, podríamos decir que, paisajísticamente, Tenerife se divide en un Norte verde, húmedo, con una vegetación m ás frondosa, y un Sur más seco y ocre, salpicado de plantas adaptadas al sol intenso, como ciertos tipos de cactus, cardones, tabaibas… Pero, eso sería francamente simple.

Porque, adem ás, está la cordillera de Anaga, verdadera espina dorsal de la isla, en cuya cresta florece, lujuriosa, la laurisilva, una reliquia vegeral prehistórica que tiene su último refugio en el archipiélago.

Porque, adem ás, est án los barrancos casi inaccesibles-algunos, sorprendetemente bellos y ajenos al tiempo y al mundo, como el del Infierno. Y las playas, de arenas negras en el Norte, y clásicamente rubias en el Sur. Y las palmeras que, como espigados centinelas, otean el mar, a lo largo de toda la costa, desde San Juan de la Rambla hasta la Isla Baja.

Porque est án, también, los valles subtropicales, como el de la Orotava, y los bosques de pinos, y las brumas de medianias que se transforman en manto blanco desde lo alto: el mar de las nubes.

El Mar

el mar de TenerifeEl mar lo es todo para el isleño. Frontera y camino, esperanza y despensa, el horizonte por donde se van los amigos y regresan los sueños… Aquí es posible disfrutar de todas las actividades marinas en cualquier época del año. Y los puertos deportivos, con la alegre y colorista estampa de los yates y barcas flotando, impacientes, a la espera de enfrentarse a la ola y el viento, jalonan, aquí y all á, los recovecos costeros de Tenerife.

A veces, el isleño, confiado en su ancestral relacion con el mar, le pone coto o lo modifica o juega con ‚el para hacerlo m ás suyo y m ás atractivo, como en el caso de la playa de Las Teresitas, en Santa Cruz de Tenerife, la capital de la isla, o en el del imaginativo Lago de Marti ánez, en el Puerto de la Cruz.

C álido siempre, el Atl nático que rodea Tenerife, muestra sus diferentes aspectos al visitante, calmo y relajado en la arena de las playas; blanco de espuma y plata en la roca del acantilado y esconde, en su interior, los tesoros de una fauna y una flora que deslumbran al submarinista y el amante de la fotografía acu ática.

Algunos veleros remozados brindan al turista inolvidables excursiones por la costa y modernas embarcaciones realizan viajes y minicruceros entre las islas.

Desde el sur tinerfeño, por el camino del mar, se enlaza con La Gomera, una isla cercana, agreste y hermosa, que ha sido declarada, en su casi totalidad, Patrimonio de la Humanidad.

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